“Lincoln”… y cómo atrapar audiencia sin necesidad de vampiros

L-H
Aunque por su carácter histórico esté condenada a no figurar en las listas de “Block Busters” (Películas más taquilleras), lo cierto es que “Lincoln”, el trabajo más reciente de Steven Spielberg es, sin duda, una de sus mejores realizaciones en años.

Siguiendo un extraño calendario de estrenos (con fechas muy separadas de un país a otro), “Lincoln” ha llegado a las pantallas internacionales impactando al público por su espectacularidad visual y por el discurso analítico que ofrece no sólo en la “historia sobre la historia” sino, también, sobre este personaje clave en el perfil y devenir de la que ahora se ubica (a pesar de muchos) como la “nación más poderosa del mundo”.

Y para discurrir en las ideas, los sentires y los actuares de Abraham Lincoln, no se pudo contar con mejor apoyo histriónico que el de Daniel Day Lewis que, encabezando un amplio reparto, da peso a esta puesta en escena que a semanas de su estreno en los Estados Unidos sigue acaparando comentarios, más positivos que negativos, tanto de público como de prensa especializada.

Encarnando a Lincoln, Daniel Day Lewis se entrega al 100% y deja atrás las técnicas de carácter teatral y las pretensiones; se sumerge en el perfil del ser humano y del político, y entrega una visión humana, más que mítica, y se adueñan el uno del otro, actor de personaje y personaje de actor, generando una simbiosis  tal que el resultado es impactante, convincente, cálido y magnético, especialmente en las secuencias en las que se regodean las habilidades de Lincoln para la oratoria y en las que la brillante labor de Tony Kushner como guionista que sabe de la importancia de los diálogos, queda más que manifiesta.

Precisamente, partiendo de un guión con entramado, progresión, decantación de personajes y diseño de diálogos realmente artesanales, el filme recupera la línea temática que caracteriza a Spielberg en una de sus dos vertientes clave.

Si consideramos que tales vertientes son la fantasía y escape (“E.T.”, “Poltergeist”, “Encuentros cercanos del tercer tipo”, “Indiana Jones”, etc) y el reclamo histórico-social (“El color púrpura”, “La lista de Schindler”, “Amistad”), en “Lincoln” se tiende un nuevo vínculo  a la revisión del tema de la esclavitud, aunque con un mejor abordaje y mayores aportes cinemáticos que en los de la fallida “Amistad”, de 1997.

Algo significativo de este aporte cinematográfico es que, contrario a la mayoría de las películas biográficas, que pretenden contar toda una vida en apenas dos o tres horas, se circunscribe a contextualizar en el último cuatrimestre de vida del que fuera el décimo sexto Presidente de los E.U.

Contrario  a lo que muchos esperaban, “Lincoln” no se concentra en la Guerra Civil –aún y cuando es lo que mantiene en vilo las intenciones e ideales respecto a la aprobación de la décimo tercera enmienda de la Constitución de los E.U., con lo cual se aboliría la esclavitud-

Lejos en los principales legados de Lincoln y/o en su trágico final, por de más  conocidos, esta producción envuelve al espectador y lo guía por los pasillos y salones de la Casa Blanca, por las oficinas del congreso y hasta en los espacios de la cámara de representantes, para que viva inherentemente todos y cada uno de los pasos a lo largo del proceso legislativo así como las decisiones que resultaron básicas para desarrollo y trascendencia de la nación.

Precisamente, en el ir y venir de cabildeos entre los distintos personajes, es fácil caer en cuenta cómo el personaje principal del filme, Lincoln, queda en un segundo plano durante gran parte de la historia y es que, de hecho, lo que da peso y sustento estructural a la trama es el tejido de ideas, propuestas y contrapropuestas en gabinete, el que va catapultándolo a su concreción y diégesis.

Lo anterior habría sido un muy alto riesgo de no contar con elementos histriónicos adecuados. Por fortuna no fue así y todos y cada uno de los miembros del “cast” consiguieron sacar adelante a sus personajes de tal modo que el rompecabezas ha quedado perfectamente armado, sin piezas ausentes ni sobrantes.

Así, vemos a Sally Field como Mary Todd, la primera dama; a Tommy Lee Jones, en una de sus mejores interpretaciones desde “No country for old men”, personificando al ácido y contradictorio representante Thaddeus Stevens y a David Strathaim, como el secretario de Estado, William Seward. Además, encontramos participaciones de james Spader, John Hawkes, Hal Holbrook, Joseph Gordon-Levitt, Jackie Earle Haley y Michael Stuhlbarg entre otros. Aquí insisto: ninguno sobra.

En otros rubros, cabe señalar y destacar la labor de Janusz Kaminski, el inseparable cinefotógrafo de Spielberg, en el concepto y desarrollo de la cinematografía. Aunque al decir de muchos, el diseño de encuadres resulta claustrofóbico, más aún si gran parte de la historia se cuenta desde lugares cerrados, lo cierto es que se consigue retratar la oscura intimidad que requiere el intercambio de ideologías y el análisis de estrategias para, luego, contrastar con los momentos luminosos que magnifican la satisfacción del logro. Igual mención requiere el legendario John Williams, que esta vez permanece discreto pero efectivo con una banda sonora que trasciende, precisamente, por su discreción.

“Lincoln” ha llegado a las pantallas en un marco poco favorable en lo que a la taquilla se refiere (compitiendo con Hobbits, con Vampiros, con Santa Claus y sus cómplices, con Pi y sus aventuras, con Miserables y muchos más) pero, sin duda, promete dejar huella (de hecho, lo está logrando)

Por otra parte, tiene en contra el hecho de que a las masas no les interesan del todo los filmes de corte biográfico sobre personajes que tal vez sientan ajenos a sus intereses o lejanos a sus tiempos… o al menos eso argumentan algunos distribuidores y exhibidores que han ido aplazando el estreno de “Lincoln” en sus respectivos países, señalando que este trabajo es muy diferente (en potencial de taquilla) a casos como los de “JFK”, “Nixon”, “Iron Lady”, “Gandhi”, etc, que se distribuyeron y exhibieron bajo consideraciones muy distintas debido a sus características de temporalidad y/o de exploración de escándalo que, en su momento, se reflejaban en interés para la taquilla.  En fin.

Aunque este trabajo pudo caer en clichés, patrones mal hechos e inercias propias de los filmes biográficos – históricos, por fortuna Spielberg logró darle un giro y tratamiento tales que cautiva  a los interesados en el género y les conmina a vivir una experiencia cinematográfica fuera de serie que, por cierto, a estas fechas (primera semana de enero) ya está entre las más referidas entre los nominados a las principales entregas de premios a lo mejor de la industria.


Edui Tijerina Chapa