Amarillo es el adiós

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Al son de un trío vallenato que irrumpió en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes, las cenizas del Premio Nobel de Literatura fueron recibidas por miles de personas quienes, más que de luto, estaban de fiesta.

Las sonrisas le ganaron a las lágrimas, la música a los minutos de silencio.

Con lo que se vivió en el homenaje –y en los últimos días en cada rincón de Latinoamérica–, hasta los que no tuvieron el gusto de conocerlo (ni a él ni a sus obras), celebraron los 87 años, un mes y 11 días de Gabo en un mundo que el mismo convirtió en mágico.

“La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”

Rezaba una manta arriba de puerta de la sala principal del teatro, citando al colombiano.

Pasadas las cuatro de la tarde, comenzó el peregrinar de miles que se dieron cita para despedirlo.

La fila era interminable, le daba la vuelta a la alameda central de la Ciudad de México. En las calles aledañas hacían eco sus palabras, en boca de cientos que recitaban sus obras mientras esperan para estar a escasos metros de la urna de caoba donde descansa el escritor que adoptó a México como su segundo hogar.

Además de sus fieles lectores, periodistas, políticos, personalidades del gremio artístico nacional montaron guardia de honor al autor de “Cien años de soledad”.

Jacobo Zabludobvsky, Miguel Ángel Mancera, Silvia Lemus (esposa de Carlos Fuentes), entre otros destacaron por su presencia.

Su esposa Mercedes Marcha y sus hijos Rodrigo y Gonzalo encabezaron el masivo tributo.


Todos los derechos reservados – Fotografía por Ricardo Vargas e Hidalgo Neira

El presidente Enrique Peña Nieto estuvo entre los oradores del evento, afirmando algo que a nadie le costaría reconocer. “Gabo era ante todo una persona de afectos”, dijo en presencia del mandatario colombiano Juan Manuel Santos.

“Para orgullo de México, nuestro país fue segundo hogar de García Márquez, entre nosotros vivió por cinco décadas”, reiteró Peña, quien recordó alegremente que Gabo encontró la inspiración para “Cien años de soledad” en la costa de Acapulco, Guerrero.

También hizo cita del que fuera el prólogo de ‘Los doce cuentos peregrinos’ en donde García Márquez habló a manera premonitoria de su propio funeral:

Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. “Eres el único que no puede irse” me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos.

La noche cerró con una lluvia de mariposas amarillas de papel que inundaron Bellas Artes. Aplausos, verbena y folclor reemplazaron a la nostalgia.